MARATÓN CANFRANC-CANFRANC, primera incursión por estos lares

MARATÓN CANFRANC-CANFRANC, primera incursión por estos lares
la_hansen
Carreras de montaña
25/09/2019

A la maratón de Canfranc no llevaba idea de apuntarme, que conste en acta. Pero después del abandono en el Aneto, se me metió en el coco la idea de un cierre de temporada majete. Sobre todo teniendo en cuenta que me quedaba por hacer la ultra de Tena, que aunque la afrontaba con ganas, sabía que quedarse a medias era una posibilidad poco remota. Así que, al lío. Antes de irme de vacaciones, me apunté a la maratón de Canfranc-Canfranc.

Me decanté por la maratón porque curiosamente es la distancia que menos he hecho en trail (sólo maratón de las Tucas, en 2016), y era la que más me encajaba: la inicial de 16 km, aunque contundente en su subida a la Moleta, me iba a saber a poco, que soy poco explosiva en cortas distancias, y las demás (75 y 100) eran palabras mayores. Además, este maratón había sido el germen de todo, el inicio de este tipo de carreras. Canfranc siempre me había dado mucho respeto por la dureza del terreno y por una climatología que pocas veces acompañaba, pero bueno, qué más daba, por intentarlo, que no quedara, así me animaba a correr por esos lares. Me leí y releí 40 veces el libro de ruta, con sus tramos y sus dificultades medias/altas, pero bueno, había que pisar el terreno para saber realmente lo que había. Bueno, siendo estrictos, dos veces he pasado por la zona, ambas para el Maratón Blanco – Jacetania (Desde Jaca hasta Candanchú por el camino de Santiago): en 2015 cuando la climatología fue demencial, y en 2017 en la que fue su última edición, con un día de lujo, y una variante (subida a la fuente de Paco) debido a que uno de los tramos no podía hacerse. Una pena, era una carrera bastante chula.

Todo lo demás ya lo conocéis: en Tena, me quedé en Bachimaña; al fin de semana siguiente corrí la 10K de Bomberos y al siguiente, ya tocaba Canfranc.

La idea original era pasar el fin de semana completo en Canfranc con Raúl, y mientras yo corría el sábado, él ir con la bicicleta haciéndose alguna ruta. El domingo lo dejábamos para una caminata por los lagos de Ayous. Pero el tiempo empezó a dar malos pronósticos, y la idea de finde completo empezó a torcerse; dadas las circunstancias, me planteé incluso ir y venir en el día (Marquitos de mi club lo hacía). Finalmente Raúl decidió acompañarme en el día, y llevándose la bicicleta, aunque eso implicaba que me tendría que esperar un buen rato. “Tú ve tranquila pero date prisa”, vamos, o lo uno, o lo otro…

Así que partimos el sábado bien temprano, y ahí ya en la estación de Canfranc me juntaba con Marquitos, Óscar y Fonsi, todos nosotros a la misma distancia. Tras algo de frescor matutino, la mañana se iba templando, y arrancamos a las 8 de la mañana en medio de un frenesí que me puso a tono en pocos metros. Había prisa por coger fila, parece ser. En medio del trote frenético me saludaron Laura Pozo y también Antxon. Ambos me habían recomendado encarecidamente la carrera. También vi a Moisés.

Tras unos metros por asfalto, enganchamos el “camino del carretón”, una senda en medio del bosque que nos fue subiendo hasta la pista del Ibón de Ip. Cogí buena marcha y me metí caña en la subida. Tenía los cortes horarios en una chuleta plastificada, pero me era imposible saber si iba bien o mal, o el tiempo que iba a necesitar en las bajadas (que me conozco). Así que me metí la caña que pude en una subida que me resultó bastante cómoda. Sudaba como una condenada, pero lo normal. Los manguitos (que llevaba puestos) me los tuve que bajar. Llevaba los bastones, pero de momento, prefería tenerlos guardados. Iba intercambiando impresiones con algunos corredores, algunos me reconocían de alguna carrera y otros me sonaban a mí.

Abandonamos el bosque y enfilamos una zona algo más pedregosa, mientras veíamos al fondo el pico de la Moleta (2.572m) que tocaba subir. El tramo final era el más empinado y pedregoso, así que paso a paso me fui concentrando, hasta coronar la subida unas dos horas después de haber iniciado la carrera. Me volví a subir los manguitos, hacía algo más de fresco arriba.

Ahí, cómo no, estaba el incombustible de Ramón Ferrer. Me entró la risa mientras con su objetivo captaba el momento. Saqué las gafas de sol y tras reponer algo de fuerzas, comencé a bajar por el Ibón de Iserías, dirección Valle de Izas. Al principio, no saqué los bastones, y al ver el primer tramo, decidí sacarlos para que me dieran algo de seguridad en la bajada. Aquí empezó a adelantarme gente.

En lo alto de La Moleta y con la risa floja. Foto de Ramón Ferrer.

El primer tramo era algo más pedregoso y empinado, pero no me resultó incómodo del todo. Los primeros corredores de la de 16, que habían salido una hora más tarde que nosotros, no tardaron mucho en alcanzarme, y cuando los oía, me apartaba para dejarles paso. Y lo mismo, cuando notaba a alguien detrás, le decía que le dejaba paso. Es que en las bajadas me pongo más nerviosa de estar entorpeciendo que de bajar mismamente. Alguno decía que no pasaba nada, que ya me pasarían en cuanto pudieran. Otros me decían que bajaban con más miedo que vergüenza, pero la verdad que debido a que no es una carrera con un número excesivo de inscritos, no me sentía agobiada como por ejemplo en Tucas, que bajando el collado de la Plana no veía el momento de avanzar con tanto corredor pasándome.

El camino fue mejorando y tuvimos algún trozo de llaneo, e incluso tramos corribles. La verdad que me había mentalizado de un terreno tan chungo que lo que me estaba encontrando me estaba entusiasmando. Si es que los pedrolos que me tuve que comer en Tena, ya ni hablemos de Salenques en Benasque, son mucho pedrolo… En una de las bajadas vi a Michel Borrás, mi escoba en Aneto el año pasado. Le eché un chillido y fuimos hablando un rato hasta que me pasó en la bajada, que hacía mejor que yo. Finalmente alcancé el punto de control de la cascada de Las Negras, y giré hacia la izquierda. Tras una parada en boxes, retomé el descenso, que se hizo más cómodo.

Llevaba ya un rato bajando, y había repuesto agua en un pequeño manantial, cuando me di un traspiés, y me empecé a rayar cosa mala porque llevaba un rato sin ver a nadie de la maratón, ni a los escobas, sólo corredores de la de 16. ¿Me había liado? A ver si me había confundido en la cascada… El reloj tampoco ayudaba, lo había puesto en modo ahorro y me estaba marcando los km que le salía de las narices. Según él ya tendría que estar en el avituallamiento. Me entró pánico, y ya me estaba yendo hacia atrás cuando me encontré con un corredor que hacía la mía, pero iba sin dorsal porque había estado pachucho y de hecho se iba a quedar en la de 16. Me dijo que iba bien, que no me preocupara, que el cruce estaba más adelante. Tiré para adelante y ya apareció el cruce, donde un par de voluntarios me comunicaron que iba bien. Dos corredores de mi distancia llegaban justo entonces.

Tomamos un cómodo camino (el de Santiago) hacía el campamento de la Canal Roya. Paré el reloj y lo volví a arrancar en modo normal, eso de llevar 15 km en carrera y que marcara 19 km era demencial para controlar las distancias a los avituallamientos. Por fin, alcancé el avituallamiento sobre las 12:15. El cierre de control era a las 13:00, así que aún tenía algo de margen sobre las 12 horas límite de carrera.

Ahí estaba Laura, la novia de Javi, mis dos escobas en Garmo Negro. Él corría la de 75 y estaba al caer. En el avituallamiento estaba el primero de esa distancia, estaba algo cansado. Laura me ofreció ayuda, pero la verdad que estaba bien. Bebí coca cola, comí un par de sándwiches de nocilla (madre mía qué bien entraba) y algún huesito. Rellené los botellines y cuando me vi con fuerzas, retomé el camino sobre las 12 y media del mediodía.

Tocaba la segunda subida, primero pasando por La Raqueta, antiguo refugio de pastores; el sendero picaba hacia arriba a través del bosque, en medio de un zigzag interminable. El sol ya picaba pero las sombras de los árboles nos daban una tregua que era bienvenida. Dejé el bosquecillo atrás, y empecé a oír a Michel y compañía, estaba a punto de alcanzarlos. Me paré a contemplar el paisaje, espectacular a mis pies, y los senderos zigzagueantes por los que había subido y por donde veía a corredores como hormiguitas. Me crucé con unos ciclistas de bajada. Me hacía cruces de cómo podían ir por ese sendero, que se había ido estrechando. La subida sin embargo era cómoda hasta justo el final, antes de afrontar el último tramo a La Raca (2.278m), en la que el camino era mucho más empinado. Vi a un ciclista a lo lejos, sentado, me pareció reconocerlo. ¡Era Raúl!

 

En lo alto de La Raca, con Michel Borrás y compañía.

Llevaba dos horas esperándome arriba, había subido por la pista, y se había quedado un poco frío. Me acompañó en el último tramo y bajó conmigo por las pistas de la estación de esquí de Astún. Él por el camino normal, y yo bajando de manera más directa, me bloqueé al principio un poco porque me daba cosa la bajada; luego vi que el terreno agarraba más de lo que parecía, y bajé como pude, dejándome el resto de uñas ya que quedaban por caer (y eso que esta vez las zapatillas las llevaba atadas como debía ser, e incluso protectores de silicona en los dedos gordos, los “condones” que le diría Irene Mcluenda, jajajaja).

Me pasaron los corredores a los que había adelantado en la subida y uno se me quedó por atrás, bajaba peor que yo y se resbaló un poco con la hierba. Abajo en la motriz de Pastores (1.700m) volví a engancharme con Raúl, que me acompañó en el trozo de asfalto que tenía por delante y que se me hizo bastante pesado, por cierto. Yo cogí el sendero entre la frontera y el monte Candanchú y Raúl fue a esperarme al siguiente avituallamiento, en las pistas de Candanchú (pista grande). Llegaba a las 15:05 de la tarde, sólo 25 minutos por debajo del corte. Tocaba meter algo de caña. No obstante recobré fuerzas, comí nocilla (otra vez), coca cola y algo de isotónica. Raúl me acompañó un trozo hasta que el sendero se hizo imposible, y ya fue hacia meta, aunque a mí aún me quedaban algunas horas por delante.

Otra subida, esta vez hacia Tuca Blanca (2.182m) por Loma Verde. No era mucho ascenso pero sí el sendero que peor estaba para correr. Más pedregoso, el cansancio se iba notando, aunque yo iba bien y animada. A lo lejos vislumbraba a Michel. Al poco me alcanzó Javi, de la de 75, me pidió algo de agua y tiró para adelante, llevaba como unos 55 km encima (y yo quejándome). Había un desvío, le pregunté al voluntario si era a la derecha, y me dijo que si quería subir al Aspe, que sí, pero que en mi caso, no tocaba… Eso era para los de la de 75. Nosotros seguíamos por la izquierda. En mitad de camino, un antiguo corredor del grupo de Iván me saludó, reconociéndome, de cuando entrenábamos en el parque. Me pareció que era hace un millón de años... Seguimos el ascenso por un terreno cada vez más lunar, con piedras de las grandes, si casi hasta las echaba de menos, hasta alcanzar un telesilla. Parecía un lugar inhóspito. Ahí comencé el descenso hacia el tercer y último avituallamiento, Motriz de Tuca Blanca. Corría donde podía, y al rato me alcanzó un corredor, que resultó ser el primero de la Ultra. Admirable lo bien que iba.

Por fin alcancé el avituallamiento. Eran las 17:15, la hora estimada de paso de último corredor eran las 17:30, me quedaban dos horas y media para salvar los 9,5 km restantes de carrera. Quedaba una pequeña subida al collado de Estiviellas, y una bajada cómoda por un camino en zigzag. Repuse fuerzas, bebí coca cola, y un señor amable me ofreció huevos fritos. Bien a gusto que me los hubiera comido, pero no quise tentar a la suerte, que todavía me quedaba carrera y es más, me debía meter caña por si acaso, que no tenía ni idea de lo que me iba a costar subir. Cuando yo llegaba, Michel y compañía partían, yo estuve lo justo y ya partí, para afrontar los últimos km, mientras me despedía de los amables voluntarios.

El primer tramo invitaba a correr, y así hice, pasando por el ibón de Tortiellas y hasta justo arrancar la subida al collado. A lo lejos, un buen puñado de ovejas balaban sin cesar, y me recordaban que NO debía coger agua de esa zona, por si acaso… Desde abajo, daba sensación de ser mucha subida, y eso parecía, pero sacando fuerzas de donde no creía tener, me metí caña en el ascenso por el terreno suelto, con todas mis fuerzas, para salvar lo antes posible los 2 km hasta el collado a 2.049 m de altura. La verdad que de primeras la subida me había agobiado un poco, pero es mucho más corta que las que ya habíamos tenido, y se nota. Ahí estaban los voluntarios en el punto de control, hora por la que pasé sobre las 18:15. Bien, había margen.

La bajada por las zetas la hice con relativa calma. Correteando pero con tranquilidad, ya que sabía que llegaba bien. Me volvió a pasar Javi, que sin yo saberlo, iba primero en su distancia. Poco después, otro corredor, creo que de su misma distancia, acortó como un loco por uno de los senderos en zeta (había tramos por los que clarísimamente había atajado la gente) y a poco se me lleva por delante. Ni un hola. Siguió bajando como un loco.

En uno de los giros me despisté y tuve la segunda y última caída, me fui para adelante, y aunque frené con las manos, me llevé de recuerdo un par de moratones en las espinillas, para no variar. En fin, no tengo remedio.

Y tras 7 km de bajada interminable y hora y 10, por fin alcancé Canfranc-Estación, donde corrí con todas mis ganas, a la par que Raúl, que por ahí estaba esperando. Ya entré en meta sobre las 19:30, 11 horas y media después de haber salido; me fui a la zona de comida, tomé algo (una voluntaria me sirvió unos macarrones con queso), me tomé una cerveza, y ahí estuve un rato con Raúl y charrando con Cristina, la mujer de Javier Vallés (estaba haciendo la de 75) y también con Michel y compañía, que habían llegado antes que yo (escuché su recibimiento en meta conforme bajaba). Raúl había estado hablando antes con Marquitos y Óscar, que habían terminado la carrera por debajo de las 9 horas, todos lo habían hecho genial. También vi a Laura Pozo, que se había salido con un tiempazo de 8 horas y 3/4, lo que hizo que quedara segunda absoluta femenina. ¡Ole tú, nena!

Tras reponer fuerzas, Raúl y yo nos marchamos a casa (que tocaba celebrar el cumple de mi madre). Acabamos agotados, y cogí la cama con unas ganas que no veas. Pero me encontraba genial, la sensación de haberme vaciado en carrera pero sin llegar a los niveles de agotamiento de las noches toledanas de algunas de las ultras… Echaba mucho de menos esa sensación.

Dicen que “Canfranc no se corre, se vive”. Y no le falta razón a ese lema. Había vivido una de las más gratas experiencias en carreras de montaña, y alguna que otra llevo a las espaldas, y puedo decir que sin duda ha sido una de las experiencias más bonitas. No sabía el tipo de terreno que me iba a encontrar, y a pesar del desnivel del terreno (4.000 m para la maratón), había gozado como nunca, tanto de las subidas, que admito que me gustan más, como de las bajadas, que no me habían puesto contra las cuerdas como me había ocurrido en otras carreras. Los paisajes simplemente espectaculares, una climatología perfecta (eso había sido un plus) y dureza y belleza a partes iguales, que habían logrado que las 11 horas y media de carrera pasaran en un suspiro y dejándome con ganas de subir un escalafón más. Los avituallamientos de 10 (madre mía cómo me gusta la coca cola en carrera), y los voluntarios de matrícula de honor, a ninguno les faltó la sonrisa, los ánimos ni las buenas palabras. Me sentí muy acogida por ellos, les dije lo mucho que estaba disfrutando. El buen día que habíamos tenido ayudaba también mucho, así que no podía quejarme. Y sobre todo, lo bien que me encontraba. Meses atrás me había puesto fina filipina (7kg de más tenían la culpa), y mi estatura nota como losas los kilos de más… Después de algo de tute por el monte, por fin había vuelto un poco a mi ser.

Por eso tengo claro que volveré. No sé a qué distancia, me gustaría ir poco a poco cubriendo todas. Sé que ambas ultras (75 y 100) son muy duras, y sé que la climatología no siempre acompaña, pero me gustaría algún día tener el valor suficiente para ponerme en la línea de salida (terminar ya veremos), para intentarlo con todas mis ganas. Sólo tres chicas finalizaron la ultra de 100, y muy poquitas estaban en la de 75, no son carreras sencillas precisamente… Gorka y Óscar, que se la arrearon en 2016 en la Challenge, cuentan relatos de terror. Tony Callejero de mi club entró por pocos segundos en meta, algo que siempre rememoramos en el grupo. ¡Grande Tony!

Al final, el abandono en Aneto me ha llevado a animarme a probar la Canfranc-Canfranc, así que, ¡bienvenido sea! Al final, no dejan de ser más que carreras, experiencias, así que aunque alguna se tuerza, no perdáis la ilusión, porque son eso, carreras. Ojalá todos los problemas en este mundo fueran carreras que no salen como uno quiere…

De momento, y mientras el cuerpo aguante, seguiré disfrutando de estas cosicas que me llenan de vida, y que me quiten lo “bailao” ;)

¡Nos vemos por los caminos!

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