VUELTA AL ANETO, la primera... de momento

Autor: 
VANESA
Fecha Cronica: 
03/08/2017
Disciplina: 
Montaña

A principios de este año me apunté a la Vuelta al Aneto, tras un titubeo de una hora que me hizo pagar ya en segundo tramo. Las inscripciones iban que volaban, locurón, parecían las rebajas. Era algo que tenía clarinete desde la Maratón de las Tucas. Tucas no quería repetirlo. Mis 9 horas y media de carrera no eran para tirar cohetes, pero sinceramente, me daba bastante igual. No quería repetirla porque prefería explorar otros terrenos, mejorar el tiempo me parecía accesorio y qué narices, iba a ser por carreras. Y además, me agobió la cantidad de gente. Unos mil inscritos más o menos (no todos tomarían la salida) hicieron que la bajada del collado de la Plana me la pegara mayormente dejando pasar a los que bajaban infinitamente mejor que yo. El Ángel Orús parecía una rave más que un avituallamiento. Me agobió bastante, la verdad. Me gustó, pero a ratos me agobió.

Hace un año, la mañana del domingo de ese fin de semana, y mientras nos tomábamos algo los del club (Óscar y Gorka acababan de terminar la ultra), Carl me enseñó fotos de la Vuelta al Aneto, y me fascinaron los paisajes. Un caos de rocas en medio de las montañas e ibones espectaculares, me hicieron decir en pleno subidón post Tucas “yo a esto me apunto al año que viene”.

Esa idea se alojó en mi coco, y se materializó en la inscripción a la prueba. Me dio un punto de racionalidad y adquirí el seguro de anulación, por si acaso. Le di a aceptar la operación al borde del parrús al ver la cifra, eran “sólo” 13 km más que Tucas (también 1000 m más de desnivel) y el precio estaba a caballo entre la ultra y la maratón. Iba parejo a la dificultad, ni más ni menos… Recuerdo que al apuntarme, mis azulillos no hacían más que mentar Salenques, los pedrolos, de piedra en piedra, y que lo iba a pasar piruleta y no sé qué puñetas más.

Poco a poco fueron pasando los meses, un tanto anárquicos en cuanto a entrenos. De cara a la maratón de Zaragoza intenté trabajar más la velocidad, y a partir de ahí me olvidé del asfalto y empecé a darle más al desnivel. Nerviosa ya por la proximidad de la prueba, empecé a apuntarme a carreras varias de manera compulsiva (Peña Canciás, Crestas del Infierno, Boca del Infierno…) con la idea de acostumbrarme un poco a otro tipo de terrenos, para desespero de mis allegados. Pero había que ser realistas: no hay dos carreras iguales, y no tenían nada que ver con lo que me faltaba por ver. Tendría que haber explorado la zona previamente, pero el tiempo se me vino encima y al final, rien de rien, como dirían los franceses.

Subí a Benasque el viernes 21. Iba con Pedro, que corría Tucas, y me juntaba allá con Óscar y Jordi, que también corrían Tucas, a la marcheta. Yo ya me había mentalizado de que iba a ser una carrera íntima, personal, cosa mía; la “fiestuqui” se centraba en Tucas, donde se juntaban la inmensa mayoría de conocidos y amigos (Ana, David de Muel, Frutero y Jesús Adiego, Pedro, Jordi, Óscar…) Además, intuía que las 20 horas proporcionadas por la organización para poder completar la Vuelta harían que, inevitablemente, nos fuéramos separando más y más los 800 corredores inscritos.

Esta vez, llevaba todo el material obligatorio cuidadosamente doblado y empaquetado en bolsas zip, reduciendo al mínimo el volumen de las mismas, y sobre todo reduciendo el tamaño del chubasquero. El año pasado en mi caída en el río me empapé entera y con ello el contenido de mi mochila. Vamos, que lo llevaba bastante bien. Menos los palos. Llevaba los bastones del lidl. Uno de ellos no podía plegarlo porque se me había roto la goma interior en Crestas del Infierno, así que lo desarmé y agarré las tres partes con una goma del pelo. Colosal. Tras la recogida de dorsales cenamos todos y vimos salir a los corredores de la Ultra. Observaba a las pocas féminas que había como si fueran super heroínas. Los envidiaba, los admiraba. Tras una salida espectacular, se adentraron en la oscuridad de la noche. Tela lo que les quedaba. Me encontré con Elsa, que estaba apuntada a Tucas pero que al final no corría pero venía a pasar el finde.

Ya nos fuimos a dormir. Mi salida era a las 7. A las 6 y media me llamó Pilar (Val), estaba por Sahún pasando el finde con la familia (ella y su hermano corrían la carrera más corta, La Vuelta al Molino, el domingo) y vino a darme ánimos pre carrera. Me dio un alegrón del copón. Se arrepentía en cierto modo de no haberse apuntado a Tucas, viendo todo el ambiente que se mascaba. Pilar, ni te imaginas lo más remotamente la alegría que me dio que me llamaras a las 6 y media mientras yo estaba nerviosica perdida. El venir a verme fue un detallazo en toda regla.

Me dirigí ya al arco de salida. Yo repetía el look de Guara Somontano (falda, térmica de Odlo, pero las zapas las New Balance Hierro v2). Ahí me encontré con David Cierzo, pero no vi a Moisés, que también corría esa carrera. Vi a Marta Gistas (ella repetía) y a Rafa Esteruelas. Yo era un puñetero manojo de nervios, pensando en el dichoso Salenques del que tanto me habían hablado. Me había leído el libro de ruta como un millón de veces. Como si leerlo sirviera de algo:

“La Vuelta al Aneto discurre por todo tipo de terreno, desde pistas y senderos hasta neveros y caos de bloques que rodean el macizo de la Maladeta, coronado por la cumbre del Aneto (3 404 m).

Este gran recorrido comienza en la villa de Benasque, desde donde se dirige hacia el refugio de La Renclusa. Tras visitar el impresionante Forau d’Aigualluts, discurre por el valle de Barrancs y pasa por collados a gran altura, como el de Salenques (2 797m), para volver a Benasque por el valle de Ballibierna, habiendo circulado entre un sinfín de ibones y otros paisajes de la alta montaña pirenaica.”

Lo dicho, piruleta…

Dieron la salida. Comenzamos a correr por la Avenida de los Tilos, rodeados de gente que aplaudía y animaba, mientras mi corazón daba volteretas de la emoción y hasta la lagrimilla amenazaba con salir. Oí mi nombre, alguien me animaba en medio de la gente. Salimos de Benasque, trotando por el asfalto, y de momento en llano. Los primeros 10km, los más sencillos, fueron en volandas, con el subidón del inicio y rodeados de corredores, hasta alcanzar los Baños de Benasque. Pasaron sin darme cuenta. Inconscientemente le daba con alegría a las patas, por lo menos para acumular algo de margen sobre el tiempo de corte (que me vendría más que bien para todo lo demás).

El reloj lo tenía en modo carrera larga, sólo visualizaba la hora, el crono y los km transcurridos. En una hoja llevaba las horas de corte porque ante todo y sobre todo no quería que me pillara el toro.

Dejamos atrás los Baños de Benasque y alcanzamos por carretera los Llanos del Hospital, me puse en modo tractor para subir la cuesta, y cogimos un sendero. Iba a mi ritmo, mientras indicaba a los de detrás que si querían pasarme, que lo dijeran, para apartarme. Poco después comenzamos a subir. Veía a Rafa y Marta, me preguntaban si iba bien. Algún corredor con el que entablaba breves conversaciones. Y poco a poco, alcanzamos el refugio de la Renclusa (2 144 m), punto de control y avituallamiento. Llegaba con una hora de margen (el resto de controles tendrían más holgura). Marta me dijo que iba muy bien, pero era consciente de que lo fácil estaba hecho, que ahora venía lo difícil para una urbanita como yo.

Rellené botellines, fui al baño, comí unas galletas de chocolate, y emprendí la subida. Salenques me esperaba, comenzaba la fiesta.

Let's get the party started

 

Pechugazo para arriba, un poco de descenso, un poco de sendero… y las rocas empezaron a hacer acto de presencia. Bromeábamos y reíamos para pasar el rato. La subida a Salenques engaña. Echas la vista arriba, y ves el sendero serpenteante de corredores ascendiendo, y acabando en un punto que crees que es el final. Crees que la cosa termina ahí, pero no no. Tras un pequeño giro, sigues y sigues subiendo. Las rocas cada vez más grandes, pedrolos como mi cabeza, mientras vas poniendo el pie con cuidado para no caerte. Recordaba a Raúl: “El día 4 coges vacaciones”. No era plan de hacerse la valiente, así que aseguraba cada paso. Ese tramo de unos 5 km tardé en cubrirlo 3 horas, que era el mismo tiempo que tardé en alcanzar La Renclusa. ESO era Salenques.

Antes de alcanzar la cumbre a 2 797 m, atravesé algún nevero con la misma gracia que Nadia Comaneci (casi casi). Me puse las gafas de sol para no quedar ciega, mientras oía a los voluntarios arriba, chillar como locos, que no quedaba nada. Yo respondí: “Dónde está el cabrón de Salenques ese, que le voy a pegar una paliza”. Risas y más risas. Y sí… llegué a la cumbre.

El control de paso en Salenques es un pequeño reducto de pocos metros cuadrados. No sé por qué, con tanto hablar de Salenques yo me esperaba todo un despliegue de medios, una carpa, un dj, yo que me sé. El voluntario que pasaba el chip hacía bromas rimando con cada número. El 1055, por el culo te la hinco. Y así sin parar, haciendo gala de un humor envidiable. La de horas que levaban allí. Era algo más de la 1 del mediodía, y llevaba unas dos horas de ventaja sobre la hora de corte.

Salenque's party

 

“Chicos, no os quedéis, id bajando”. Paré a hacer fotos (ya había hecho alguna) y observé la bajada. “Uy, yo no quiero bajar”. El viento soplaba, hacía fresco, el sendero era empinado y de tierra y había una cuerda para asegurar. Me agarré a la cuerda como si no hubiera un mañana, pegando el culo al suelo, mientras la falda se me arremangaba a la altura de las amígdalas (llevaba mallas) cual Marilyn venida a menos. “Yo no me quiero matar, el que quiera pasar que pase, que soy muy cagona”, decía mientras bajaba esbarizando el culo y desprendiendo tierra y piedrecitas con cada paso. Y aun con esas, me caí de medio lado como si fuera bolinga. Nada, sólo un raspón sin importancia. De aquellas maneras, bajé hasta donde mejoraba el camino. Uy camino, camino por decir algo.

El camino estaba señalado con hitos y banderines rojos o cinta blanca y roja. Alguno se había caído, pero bueno, se podía seguir bien. Pasamos por otro control, no sé por qué pensé que el refugio de Cap Llauset estaba a un tiro de piedra. El tiro de piedra estaba a 2 km según el voluntario, madre mía qué largos se me hicieron esos 2 km. Veías el refugio por abajo pero nada, que no lo alcanzabas. Pero llegué, llegué…

Este refugio es bastante moderno, no lleva mucho tiempo. Ahí me eché cuatro risas con algún corredor, hablando de las curiosas escalas de tiempo/espacio en esta carrera, rellené botellines, comí algo, y descansé un poco. Me puse el cortavientos porque hacía fresquete y emprendí la subida al collado de Ballibierna. Ufff cómo se notaba la altura, así que en mitad de la subida, me paré un rato (y al final me tuve que quitar el cortavientos). Alcancé la cumbre, nuevo control de paso y en la bajada me tomé mi tiempo para ver el Aneto al fondo, nos lo explicó el voluntario. Fui descendiendo, me lié siguiendo a un corredor (se metió por medio de pedrolos gigantes y tuve que recular y volver para atrás, habíamos perdido el sendero) y poco a poco el camino fue mejorando, aunque admito que a pesar de todo me costaba ya hasta corretear, como si tuviera atascadas las piernas. Como diría mi suegra, estaba más harta que Tarragona de pescao.

En la bajada me crucé con un corredor, que me contó que éste era su tercer intento de hacer la vuelta, y que este año veía que si iba a poder. Fuimos bajando cagándonos en los pedrolos, en las piedrecitas, y demás adoquines del camino, y pensando en lo que nos quedaba. Y así alcanzamos el refugio de Coronas, último avituallamiento.

-¿Cuánto nos queda para terminar?

-Pues unas cinco horas, dos de subida y tres de bajada. 2 y media si vas más ligera.

Se me abrieron los ojos como platos. Eran las 7 de la tarde más o menos, me quedaban unos 15 km y veía que sí, que se me iba a hacer de noche. Las cuentas mentales eran claras. Yo no me había fijado un objetivo de tiempo (había que ser realistas). Sabía que mi mínimo eran 13 horas (por decir algo) de ahí en adelante. Yo ya llevaba 12 horas corriendo (bueno, o andando). Pero admito que en mi fuero interno, yo no quería o hubiera querido que no se me hicieran mucho más allá de las 10 de la noche. Hubiera firmado por 15 horas ya. Me aterraba bajar a oscuras.

Me resigné. Monté los palos (ya tocaba descargar un poco la espalda), me cagué en el dichoso palo que no se quedaba fijo, (esto me pasa por comprarlos en el Lidl, dije, lo que provocó el deshueve generalizado), y emprendí la última subida al Estiba Freda. Les preguntamos 500 veces si ya no había piedras. No, ya no había pedrolos.

El primer tramo era más o menos llano, hasta que cruzamos un riachuelo y comenzamos a subir. Yo miraba hacia arriba, y hablando conmigo misma, me decía: “¿Pero de verdad hay que subir hasta ahí?”. Supongo que me esperaba un montecillo tipo Juslibol y que no que no, chiquilla, que esto es el Pirineo, maja. Éste era el caramelito de este año, la novedad. El año pasado ya se iba descendiendo en este punto hacia Benasque. Se conoce que se quejaron de que era mucha pista. Querías caldo, pues toma dos tazas.

Paso a paso, mientras me daba la vuelta para recuperar aliento y veía el espectacular paisaje con las últimas luces del día, alcancé la cumbre entre gritos de ánimo de los voluntarios en la cima (último punto de control). El fotógrafo ya no estaba (Ramón Ferrer). El sendero era empinado, pero ya nada que ver con lo que habíamos visto. Me senté abatida en una silla, y dije que estaba psicológicamente muy desanimada. Una voluntaria me pasó el brazo por encima, intentando animarme, y me dijo que ya no quedaba nada, que estaba hecho. Y sí, era verdad, pero coña con la noche. Me dije que iba a hacer una foto y como oscurecía ya no la hice. Saqué el frontal, y me lo coloqué. También me puse el chubasquero. Y comencé a bajar.

El primer tramo de bajada se hacía solo. El camino era muy corrible, hasta que alcancé el bosque y se me hizo la noche. Literalmente. Bendito frontal. Menos mal que me dio un ramalazo y me compré uno en condiciones, porque llego a ir con el de la Nocturna de Cuarte y me veo bajando a ojo… Pero muy a ojo. El camino resbalaba, se me iba el pie, y a tomar por saco el correr.

Los metros pasaban lentos. A veces veía luces, y bosque y más bosque. Veía las señales de aquella manera, mientras juraba en hebreo, en arameo e incluso alguna lengua muerta. “Aquí me sale la bruja de Blair como poco”, y venga a protestar. Todo oscuro, como el furgón del Dioni. Me alcanzaron un par de corredores, uno de ellos era el de los 2 intentos de la vuelta, y bajamos juntos. Yo es que estaba ya me daban ganas de abandonar ahí mismo, tenía una hartura que no podía con mi vida.

Igual exagero si digo que este tramo de apenas 4 km se me hizo más largo que todo lo que había hecho hasta entonces. Y después de lo que parecía una eternidad, alcanzamos el sendero ya abierto próximo al camping. Miré la hora. Las 11 y pico de la noche. Casi 55 km. Se supone que faltaban 500 metros pero yo lo seguía viendo todo muy negro. Me mojé los pies al cruzar un riachuelo. Biennnn.

-Me está entrando el ansia viva. ¿Corremos para llegar antes? (yo pensaba en Raúl y en mis padres, que debían andar acojonados con el seguimiento de la carrera).

-Ufff nosotros no podemos, si acaso cuando lleguemos a meta, pero corre si quieres.

-Que me parece mal dejaros.

-Ve, mujer.

Y me puse a correr. 56… 56,5… por fin alcancé la civilización, mientras me salían voluntarios a oscuras que me dejaban al borde del síncope. “Venga va, que ya lo tienes, a 500 metros meta”. Madre de dios soberana, las 12 de la noche… 57km… Más largo que un día sin pan o una noche en el Tocata.

Enfilando ya hacia meta, la poca gente que quedaba aplaudía a mi paso. Y entonces los vi. Sentados en la calle, estaban Jordi y Óscar junto a Pedro. Jordi empezó a grabarme, mientras yo le decía a Óscar la tan pronunciada frase: “Yo no vuelvo aquí en mi puta vida”. “Eso lo decimos todos”, me respondió riendo.

Y ahí se me olvidó todo. La hartura, los pedrolos, la fatiga mental, la cantidad de horas transcurridas, el incipiente dolor de cabeza, los pies mojados a última hora y el dolor de estómago desde el refugio de Coronas, todo. Más emocionada que nunca, atravesé el arco de meta con una felicidad que es difícil de describir. Me colocaron la medalla, y ahí me encontré a Neme, que me decía: “Pero mírala, si lleva buena cara”. Ya no pude parar de sonreír. También vi a Ramón Ferrer. Ahí me pusieron ya al día de las Tucas, todos finishers. Unos minutos después entraron en meta los dos chicos con los que había bajado un rato.

Pasé a la zona de recuperación y me tomé una cerveza. Se acercó Marta y Rafa. Habían hecho un tiempazo por debajo de las 13 horas, y habían estado algo preocupados. Al verme bien hasta Renclusa, imaginaron que mi tiempo iba a ser mejor. Llamé a mis padres y a Raúl, pero me habían estado siguiendo. Raúl me había mandado pantallazos de mi posición. Resultó empeorar desde Renclusa, pero admito que era lo último en lo que pensaba, bastante tenía con intentar brincar de piedra en piedra. No había caído en intentar llamarlos desde alguno de los refugios.

Poco después me retiré, y ya me di una larguísima ducha.

A la mañana siguiente volví otra vez a Benasque, donde estuve viendo a gran parte de los corredores de las Tucas, y también vi a Pilar, que se marcó un carrerón brillante entrando en quinta posición. Mil charradas, me encontré con Ana (finisher), con Silvia Majarenas (también terminó), David Cierzo (impresionante debut), Medina, Escorihuela… Entre palique y palique no veía la hora de volver. Me alegró especialmente que Ana terminara y con muy buenas sensaciones, no había podido entrenar lo que hubiera querido, y sé la ilusión que le hacía esta carrera.

Y ya para casa. He de admitir que estuve en una nube durante mucho tiempo. No era ninguna heroína, qué va, pero tenía un subidón tremendo después de la carrera, ya sea endorfinas o ese no sé qué que nos engancha, y nos hace repetir a pesar de haber jurado y perjurado que “no volvía en mi puñetera vida”. Poco más de 24 horas después, ya miraba más carreras. Cómo me pena no estar en la ultra de Guara Somontano. En la lista de espera estoy, esperando que se obre el milagro. Y fue porque no quise apuntarme en su momento…

¿Sensaciones? Infinitas. 17 horas conmigo misma dan para mucho. 17 horazas en canal. El suunto me decía algo así que había estado en movimiento 10 horas, así que las restantes 7 horas se las debió tragar un agujero de gusano o algo así… Es lo que tiene el andar, y ya no te digo el andar lento. Físicamente me encontraba bien; psicológicamente había sido la carrera más dura que había hecho hasta la fecha, porque nunca se me había hecho de noche ni nunca había rebasado el umbral de las 13 horas. Tampoco tenía la sensación de haber pasado tantas horas. La verdad, era como un agotador día de turismo, de los míos, de los que, lo admito, me gustan. No tardé mucho en recuperarme, lo cual fue algo positivo. Eso sí, los días posteriores era difícil sacarme de los trotes a más de 6…

¿Reflexiones? Cada día me gusta más el monte. Pero lo admito: tengo mucho que aprender. No soy brillante, pero la felicidad que me da es difícil de describir. “¿Qué necesidad habrá?”, me preguntan. Necesidad probablemente ninguna, pero no puedo evitar que me llene. Ya me acordaba de Tucas con otro talante: yo me creía que el collado de la Plana era chungo para morirse, y vamos, ya casi lo veía con mejores ojos. El salto de Tucas a Aneto es majo majo, no son sólo 13 km más. La altura se nota, el terreno se nota, el ir fuera de sendero… se nota. Tiene que gustarte, pero hay que reconocer que la carrera es espectacular como pocas.

Le quiero dar las gracias a mis azulillos. A todos en general por los ánimos pre carrera, y en particular a Óscar y Jordi, que tuvieron la santa paciencia de esperarme hasta las 12 de la noche, fue uno de los mejores momentos. A Pedro también, por llevarme y por esperar junto a ellos.

Gracias Pilar por venir a verme. Me hizo mucha ilusión, la verdad. Me alegró volver a verte el domingo, y ver cómo volabas. Pilar, hay un espíritu de montañera en ti. Lo veo, lo veo… Gracias, en general, por todo.

Gracias Marta por los consejos pre carrera. Te di la turra cosa mala y tuviste paciencia para aconsejarme. Eres toda una montañera, y me gusta aprender de las personas que saben, para mí es un honor. Enhorabuena por tu carrerón, poder ver a caras conocidas al principio fue positivo.

Y a mis padres y a Raúl… es difícil entender mi locura y qué me impulsa a gustarme estos pechugazos, pero estoy bien, me lo tomo con filosofía, y sobre todo, procuro no forzar la maquinaria más de lo necesario.

Ahora toca tomarse unas merecidas vacaciones en todos los sentidos, resetear la mente, y ya después fijaremos otros objetivos. Gracias por leer semejante tocho. ¡¡Nos vemos por los caminos!!

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