X MARATÓN DE ZARAGOZA, cerrando un ciclo

Autor: 
VANESA
Fecha Cronica: 
05/10/2016
Disciplina: 
Atletismo

La verdad que no sé ni por dónde empezar con esta crónica. Son tantos los sentimientos que quiero plasmar, las sensaciones… que no sé cómo hacerlo sin aburriros en el intento. Bueno, allá voy…

El apuntarme a la maratón de Zaragoza de este año no fue un producto de locura transitoria. Es algo que llevo haciendo desde que debuté en la distancia en 2013, así que cómo no me iba a apuntar este año, en el que me apuntaba “a todo”. Una más para la saca, llegaba se supone que mejor entrenada y además con ganas de mejorar mucho.

Hace ya un año, cuando atravesaba meta en la plaza del Pilar, feliz como una perdiz por haber rodado a 6 min/km, no tenía ni idea de lo que me iba a deparar el año siguiente. Simplemente, disfruté ese momento, y soñaba con bajar al año siguiente de las 4 horas. Nada, sólo un poquito. Con eso era feliz. Me había pillado ya el gusanillo de correr y me temo que no me iba a soltar.

A partir de ese momento, empecé a quedar de vez en cuando a trotar con mis azulillos. Era ya miembro del club, así que me encargué la camiseta, que tardó un poco en llegar (no la estrené hasta la carrera del roscón de enero de 2016). Y poco después empecé a entrenar con el grupo de Iván el pelirrojo, allá por noviembre. Entre unos y otro me fui “avinagrando” por el camino, no en carácter, y el resto mayormente ya lo conocéis, porque lo he ido plasmando en crónicas. Carreras idas del bolo tipo maratón blanco la Jacetania (“cómo la liáis”), después Mularroya, y aquellas carreras cortas de finales de 2015 que me descubrieron que era capaz de correr “algo” rápido si me lo proponía. Tampoco una exageración, no nos vengamos arriba…

A raíz de la media maratón de Tudela empecé a pensar en que podía intentar un buen tiempo en la maratón. Lo pensé en un principio, porque al final el objetivo se acabó diluyendo entre tanta carrera de monte: Desafío Herrerino, Alloza, la TMT, KDRTrail, Trail Murallas de Daroca, Maratón de las Tucas, por supuesto… Me cuesta recordar todas las carreras en las que he participado. Gané resistencia pero perdí velocidad por el camino. Aún recuerdo las dos carreras cortas que tuve en verano, la de Alfamén una de ellas. En esa rodé a 4’31, y gracias…

Después surgió el viaje a EE.UU. Una de mis pasiones es correr, pero viajar es otra, y viene de hace tiempo. No lo dudé. Me lancé al viaje, aunque eso me implicaba estar tres semanas sin entrenar y justamente en agosto, el mes previo a la maratón. ¡¡Y Guara Somontano dos semanas después!! En el viaje me lo pasé como una enana, no paré quieta, pero sólo caminé, correr cero pelotero. Imposible con mi forma de viajar que, lejos de vacaciones, se parece más a una forma de “turismo extremo”. Es difícil de entenderme, pero es la forma de viajar que me gusta y apasiona: exprimir los destinos, no dejarme nada de ver, madrugones de infarto para ver amaneceres increíbles, palizas extremas para recorrer ciertos circuitos, y un largo etcétera que me deja agotada tras las vacaciones. Pero me hace muy feliz. Mucho. Pero bueno, ahora no procede, que ese no es el motivo de la crónica. Ya haré una de viajes…

El caso es que ya una vez enfrascada en las vacaciones (que, por cierto, necesitaba poderosamente), asumí que en la maratón haría lo que buenamente pudiera, y Guara pues más de lo mismo. Eso sí, justo antes de irme ya me había apuntado al Trail Puerta del Zierzo, perteneciente a las trail series (he hecho todas por el momento), además que Alejandro Peña me había cedido un dorsal para correr la 10k de bomberos como pikolina una semana después. Pero vamos, que sabía lo que había. Disfruté, reseteé la mente, y recuperé un poco el pie izquierdo, cuya fascitis plantar llevaba arrastrando desde la Carrera del Ebro. Los dolores fueron remitiendo, aunque al principio de las vacaciones los dolores me subieron hasta el gemelo y luego a la cadera, fruto de las palizas a caminar que me pegué por New York.

Y llegó la primera semana tras la vuelta de vacaciones. En fin… recuperar el ritmo costó. De hecho la primera semana de entrenamiento mis ritmos eran flojos. Cómo no iban a serlo… Tocaron series de 2000 en los que acabé rodando sola e intentando correr a 5:30. Esa misma semana fue el trail al que me había apuntado, en Añón de Moncayo. Aunque fui conservadora y preferí salir hacia atrás, en carrera me sentí cómoda e incluso remonté (aunque sinceramente, lo mejor del día fueron los momentazos con los Beer Runners en la piscina del pueblo). No llevé un mal ritmo del todo. Fui décima de la general femenina. Pero claro, era monte… Fue ese día cuando Iván me dijo de intentar ir a por 3:30:00 en maratón. Glups… Laura (Laporta) le miraba atónica. Y yo también.

La siguiente semana intenté coger algo de ritmo en las series del miércoles, que eran de 900. Costaba, costaba. Ese domingo tuve la carrera de bomberos. Después de haberme estrenado en la distancia con un tiempo de algo más de 44 minutos en el Roscón del pasado enero, fui incapaz de rodar a algo que remotamente se le pareciera. Algo menos de 49 minutos, y gracias. Madre mía, lo que me esperaba… Había salido a la altura de la liebre de 50, y me las vi y deseé para que no me pillara.

La semana siguiente tocaba el miércoles series de 1500 a ritmo de maratón. A mí se me había metido el 3:30:00 en la cabeza y ya no se me quitaba. Ese día hice las series a ritmo de 5 (un poco menos), excepto la última en la que lo di todo y me salió a 4’28. Me sentí cómoda rodando a 5, pero eso por desgracia no significaba nada. 42 km eran muchos km… y yo eso ya lo sabía, que por algo me había enfrentado en tres ocasiones a la distancia. Rematé la semana con unas series de 3000 el sábado, en los que rodé también por debajo de 5, y una tirada larga de 100 minutos el domingo, en los que rodé a 5’30 más o menos.

Y llegó la semana de la maratón. Esa semana era ya menos intensa en los entrenamientos. Y por supuesto, me empecé a poner nerviosa. ¿No estaría siendo muy optimista este hombre? ¿Sería capaz de hacerlo? Ilusión tenía, y mucha, pero había que ser realistas: había estado tres semanas parada, desde mi vuelta había hecho sólo dos tiradas largas, siendo una de ellas de monte, y la verdad que con tanto monte a lo largo del año, había perdido velocidad, y mucha, por el camino. Es cierto que me notaba con fondo y me sentía fuerte, pero el asfalto me desgasta mucho y me agota. Algún amigo me decía que estaba un poco loca (y razón no les faltaba), y la verdad que me fui acojonando por momentos. No estaba sola: Héctor Gil quería intentar ir a por ese tiempo acompañando a Eduardo Sangros en su estreno en la distancia. Además de Álvaro, un valenciano perteneciente al grupo de gallitos que me iba a echar una mano. No estaba sola, pero estaba acojonada.

Le dije a Héctor que no quería ralentizarlo, que me jorobaba, que si él podía más, que adelante, que ya me apañaría yo. Que lo iba a intentar, pero claro, tenía dudas. Muchas. Él decía que no, que me quería ayudar.

El sábado previo a la maratón hicimos un rodaje todos juntos. Los maratonianos (debutantes y reincidentes) éramos un manojo de nervios. Unos por incertidumbre y otros como yo por autoexigencia. La tarde la pasé más o menos tranquila, y por la noche me acerqué a la Pasta Party en Las Palomas, donde me encontré con Susi (Susana Tamargo), David (Cierzo) y Javi “el pelos”. Cené con ellos, me eché unas risas y nos deseamos suerte. Susana iba a por el 3:30.

Intenté echarme lo antes posible, y dormí más o menos bien.

A las 5:30 sonó el despertador. Desayuné Skojade, que viene a ser una especie de nocilla de Noruega, zumo y plátano. Intenté dormir otro poco más, no pude. Ya me preparé, y las 7:30 de la mañana acudí al caballito de la Lonja para la foto del grupo de entrenamiento. Ya de ahí fuimos al pabellón de Tenerías, donde me hice otra fotico con mis azulillos. Que resultó ser la oficiosa, que el webmaster no había llegado. Ays, la presión de las prisas…

Nos dirigimos a la plaza del Pilar, y fui saludando a todos los conocidos y amigos que me fui encontrado. Estaba nerviosa, pero como se suele decir, estaba ya todo el pescado vendido.

Sinceramente, yo ya había decidido lo que haría. Saldría detrás de la liebre de 3:30. Era Jesús Arroyo, tampoco lo iba a seguir al 100% porque prefería estar pendiente del ritmo de mi reloj. Iría con Héctor, Edu y Álvaro, pero a la mínima buscaría mi ritmo entre esa liebre y la de 3:45, procurando que esta última no me pillara. Ya había previsualizado el fin de la carrera muchas veces: me veía entrando en meta en el tiempo soñado, llorando… pero también me vi pinchando, y entrando en un tiempo mucho peor.

Me situé en el cajón de salida de 3:30-3:45, saludando antes a más conocidos. A la salida acudió mi padre. Me vio hecha un manojo de nervios (lo estaba), aunque físicamente estaba bien: había dormido, había comido correctamente, llevaba mis geles, la camiseta del club, ropa que no me rozara, todo correcto. Y las adidas sequence boost. Llevarlas significaba que como poco, lo iba a intentar.

Y arrancó la carrera. Me concentré en la respiración. Tenía algo de tos (la llevaba arrastrando unos días). Lo que me faltaba… pero seguí concentrada en mi respiración. Toma aire, expulsa aire. Cada vez que lo expulsaba hinchaba los carrillos, así salgo en las fotos… Los primeros km salieron algo alegres, por debajo de 5. Convenía reservar. Yo me quedé con Álvaro y dejé que Héctor y Edu siguieran pegados a la liebre. Héctor se volvía y me buscaba, pero ya en el 3 le hice un gesto con la cabeza para que tirara para adelante. El km 3 nos llevó hasta el puente de Piedra, pasando por Valle de Broto. Los gritos y ánimos de la gente nos impulsaron a seguir rodando alegremente. Mi promedio seguía por debajo de 5. Comencé a ver a mis primeros azulillos que no corrían pero se quedaban a animar: Langarita, Óscar…

Giramos hacia la izquierda para tomar el paseo de Echegaray, ese paseo que se convertiría en nuestro particular vía crucis los últimos km. A la altura del Camino de las Torres hicimos un giro de 180º, llegamos al primer avituallamiento, Álvaro me dijo que yo siguiera al mismo ritmo, en nada me alcanzaba, y tomamos la calle Don Jaime. Mi padre estaba por ahí, animando, y diciéndome que cuidara.

Concentración, mucha concentración. Foto de Fran.

Calle Don Jaime, tomamos el Coso dirección San Miguel. Cesáreo Alierta, Avenida San José, Tenor Fleta… Y Paseo Cuéllar. El paseo Cuéllar implicaba una subida en torno al km 10, segundo avituallamiento en el que tomé mi primer gel. Se asentó bien en el estómago (¡bien!), pude llevar bien el trote y seguí pegada a Álvaro. Me decía que fuera cómoda, que no pasaba nada si rodaba más despacio, que eran muchos km los que quedaban.

Tomamos el canal, y pasamos por Torrero. Estaba desangelado y no había prácticamente nadie en la calle, hasta que los vi a lo lejos. Mi rubia runner favorita. Ahí estaban Escori y Elsa. Elsa se desgañitaba animando, todo lo que no podía chillar Escori. “Esas trenzas locas”, me decía. Y aplaudía. Yo sonreía, me parecían la caña. Qué grande la jodía. Y poco rato después nos adentramos en el parque Grande. Me llevé la sorpresa de encontrarme a Marta Villar. Me animó y me subió la moral. En alguno de los cruces coincidimos con los corredores que iban un poco por detrás. Oí a Curro y a Javi, que me lanzaban gritos de ánimo. Vi a Pilar con su hermano, sonriendo, y a Jessi, que estaba a la altura de la liebre de 3:45. Avituallamiento del km 15, eché un buen trago de agua y pasé de la isotónica.

Salimos del parque y volvimos al canal. Álvaro tiró para adelante y aflojé ritmo, me quedé para atrás. En un momento dado se volvió para verme y me hizo un gesto pero le indiqué que tirara. Esa era mi lucha, mi batalla. La maratón y yo nos íbamos a ver las caras, otra vez, como en 2013, y a solas. Iba a poder con ella. Esta vez iba a ganar yo el pulso.

A la altura de Vía Ibérica hicimos un giro de 180º pasando al otro lado del canal. Vi a mis azulillos, a Fran haciendo a fotos, a Tony… Animaban y sonreían, y me transmitían tranquilidad. Estos tíos son muy grandes y me emociono de pensarlo. Me sentí arropada por ellos. “Vamos Vanesa, vamos campeona”. Son la polla, con perdón. Otra vez Elsa, con sus niñas. Animando y chillando como si no hubiera un mañana. “¿Eres la alcaldesa?”, me dijo un corredor. “¿Por?”, le pregunté. “Porque te conoce todo el mundo”. Yo no sé si me conoce todo el mundo, pero tengo unos amigos y unos compañeros que valen su peso en oro.

La bajada por paseo Cuéllar nos pilló en torno al km 21, que menos mal que era en bajada, y en el avituallamiento correspondiente me tomé el segundo gel. Al poco rato vi a Kike de los Cabras Team, animaba con una amplia sonrisa y me ofreció isotónica. De momento iba bien y no la necesitaba. Del km 21 al 25 hubo un momento de subidón, en el que rodé por debajo de 5, me sentí increíblemente cómoda y me notaba las piernas frescas, mucho. Cuidado… lo podría pagar después (Jorge, lo sabía). A la altura de Miguel Servet vi a Sarita (Alonso), se había quedado a animar con su bebé, más majica… pufff me dio otro subidón. ¿Quién necesitaba música con tanta animación y con tanto cariño?

Tras rodear el parque Torre Ramona, poco después tomamos la Z30, sin duda alguna el tramo más jodido, por la subida, y por lo desangelado que es. Aflojé un poco, y a la marcha. Había que reservar fuerzas. Vi a Ana Urrea haciendo fotos, traté de sonreír sin perder el ritmo. Tras tomar la calle de Burriel Arias, alcanzamos el Paseo de la Ribera.

Por fin, km 30. Me pareció divisar a lo lejos al señor del mazo. Era alto y espigado, y llevaba coleta. Mi señor del mazo era Jorge el coletas. Estaba animando en el km 30. Aplaudía y me dijo, “Te veo bien, vas muy bien”. Supe que lo decía de corazón. Estaba bien, estaba a mi ritmo, lo había encontrado. Me dio otro subidón y recuperé algo de velocidad. Me tomé el tercer gel. Las tripas iban bien. Nos adentramos en La Azucarera, en uno de estos recorridos internos en los que te cruzas con los corredores que van por delante y que se hacen algo eternos. Yo iba bien, de momento, y alcancé a José Miguel González. Cuando salimos de esa ratonera, volviendo al paseo de la Ribera, estábamos a la altura del km 35. Iba a mi ritmo, e iba alcanzando a gente que empezaba a acusar el cansancio. Alcancé a Javi el Pelos, no iba bien. También me crucé con Jesús Adiego.

Entonces lo vi, a lo lejos. A Jorge el Heavy. “No puede ser”, pensé para mis adentros. Algo había pasado. Lo alcancé y le pregunté si estaba bien. Había tenido un golpe de calor, estaba caminando. Iba jodido desde el 18. Le dije que lo sentía… y tiré para adelante. Me jodió dejarlo atrás. Mis piernas iban algo más cargadas y les pedí spray a los patinadores. Les señalaba los isquios. Vi a Sergio Bravo y a gente de Santa Isabel. Ana Reyes me vio (“¡Anda, mira, la Vanesa!”) y empezaron a animar.

Tras otro giro de 180º en el Puente de Hierro, volvimos a la ribera. Estaba mi padre, otra vez, y Fran animando. Iba muy concentrada y me enchufé el cuarto y último gel (km 35). Aproveché la ligera bajada a la altura del Puente de Piedra para recuperar algo el aliento y subir algo el ritmo. Mi promedio había subido de 5’05 a 5’08 min/km, pero la verdad que no me importó demasiado. Llegamos hasta el puente Santiago, lo cruzamos y giramos a la izquierda para tomar Echegaray. Este km es el que me resultó más duro y el más lento. Notaba la meta cerca, pero quedaba el particular vía crucis de Echegaray y Caballero.

Conforme me aproximaba a la plaza del Pilar, la animación fue en aumento, así como las caras conocidas. Vi a Sergi, me animaba y aplaudía. Al otro lado a Miguel Ángel el Cirilo y a Lourdes, animando (o eso creo recordar, que con tanta gente yo ya no estoy segura). También a Sergio Lanuza. A Pedro. Vi a Elenita. Elenita sonreía y me decía que lo estaba haciendo muy bien, mientras me aplaudía. Me alegró mucho verla. Joer, si es que lo pienso y me emociono otra vez. A Javi de los Corredores del Ebro. Esas sonrisas, esos ánimos, esas caras que me miraban como si estuviera haciendo una heroicidad, me impulsaban para adelante.

Mis azulillos otra vez, Óscar, Miravete, Chevy, Langarita, Quique, Noe (la novia de Marquitos), con sus sonrisas perennes… pufff, estoy llorando ahora lo que no lloré en su momento.

Echegaray se hizo muy largo. A mi derecha tenía a los corredores que iban un poco por delante. Vi a la gran Lurdes Chávarri, me decía “Retén, retén ahí”. A Susi, que iba a conseguir el 3:30. A Alberto, que le iba a dar un bocado al crono espectacular. Tras llegar al final del paseo, giramos 180º y deshicimos el camino en dirección a la meta. Yo ya iba a la marcha, intentando no aflojar demasiado. A la altura de San Vicente de Paúl me encontré a Edwart. Se puso a mi lado y me dijo que si podía correr conmigo. Él había hecho la 10k. Se puso a correr a mi lado y me dijo: “Qué fuerte estás, Vanesa. Vas a hacer un tiempazo”. Se sorprendía de verme tan bien después de semejante pechada. Yo misma me sorprendía. Yo a estas alturas no podía parar de sonreír. Me sentía bien, estaba bien. Mis sensaciones eran buenas, iba cómoda. Palpando la meta cerca, subí el ritmo sin darme cuenta. Edwart, me encantó que me acompañaras ese último km. Sí, me emociono otra vez de pensarlo. ¡Más majico! Tomamos el Coso y nos adentramos en la calle Don Jaime. Gente animando, aplausos. “¡Aúpa las chicas!”, decían las mujeres.

Tras otro giro a la izquierda, alcancé la calle Alfonso, y me adentré en el camino que me llevaba ya a meta. Vi a Pablo de nuestro club animando y haciendo fotos, y me dio el último subidón. Recorrí mis últimos 195 metros en la plaza del Pilar con los sentimientos a flor de piel, y con una sonrisa de oreja a oreja. Atravesé meta a las 3 horas y 41 minutos de haber arrancado la carrera, siendo mi tiempo real 3:40:37. Vi a Ana que captó el momento, le choqué la mano y me abracé a Edwart.

Mi cara lo dice todo. Foto de Ana del Molino.

Fue felicidad en estado puro. Tras la meta vi al poco rato llegar a Jessi, que lo había hecho de puta madre. También a su madre Adela que había venido desde Pinseque corriendo a animarnos.  A un buen puñado de los Corredores del Ebro. A Pilar, que había acompañado a su hermano en su debut durante media carrera. Vi a Sergi y a todo el mundo. Vi a Héctor. Al final él y Edu habían hecho un tiempazo, inferior a 3:30, y me alegré de no haber sido un lastre para ellos. Y a mi padre, el incombustible de mi padre. Tras hablar con mi madre por teléfono, mi padre ya se marchó y me dejó para que pudiera adecentarme un poco.

Vi a Susi. La felicité por haberlo conseguido y le dije que comprobara a ver si había hecho podio, tenía posibilidades. Me quedé con ella a preguntar. Al parecer había sido tercera de VET35. Yo era cuarta. Bueno, la verdad que no pasaba nada, me alegraba por ella y me alegraba de corazón porque se lo había currado mogollón y se lo merecía. No tenía ni idea de en qué puesto había entrado yo en meta, pero me encontraba tan sumamente feliz y contenta, que me daba igual todo. Era la maratón en la que mejor tiempo había hecho, tras un bocado al crono de casi 33 minutos, y era en la que mejor me había sentido tanto durante como después de carrera. ¿Qué más se podía pedir? Vi a Iván, me dijo que había sido cuarto aunque lo había pasado mal, y me preguntó si había llevado bien el tema de la humedad. La verdad que tan bien que casi ni me había dado cuenta. Vi a Durfay y Laura. Laura me felicitó por la carrera, y decía que lo había hecho muy bien.

Me felicitó Manuel, qué grande que es. Me quedé a ver la entrega de trofeos, ya que Susi iba a subir como VET35 FEM, así como Iván como VET35 MASC entre otros podios (yo me pierdo ya, jajajaja). Me puse a comer el xuxo de chocolate de la bolsa mientras hablaba con Ana (Edwart ya se había marchado), cuando dijeron que iban a anunciar el pódium de veteranas de 35. “En tercera posición, Vanesa Martínez Hansen”. ¿¿Eing?? Solté el xuxo de chocolate, solté la bolsa, me puse a bailar el baile de San Vito, y entre brincos me acerqué al escenario. ¡¡Eso era la repanocha!! Subí entre saltos y en pleno subidón. Madre mía, eso sí que no lo esperaba. Susi y yo nos pusimos a chillar como locas y nos hicimos la foto de rigor. Que al parecer, habían descalificado a la que iba por delante de mí.

Bajé toda loca, volví a ver a Elenita, me abracé a ella, me hizo una fotico, y volví a ver a Jorge Gómez, que alucinaba con mi cara de felicidad. Yo estaba en una nube, eso era impresionante. Ni en mis mejores sueños lo hubiera imaginado.

Y ya me despedí de todos, me fui a casa y comiendo con mis padres, intentaba digerir tantas emociones. Más de una semana después, sigo todavía de subidón.

Las sensaciones ya las he ido relatando, y en cuando a reflexiones… esas van al final.

Tengo que dar las gracias a todos aquellos que invirtieron parte de su tiempo en salir a la calle para transmitir todos esos ánimos, os he ido nombrando a lo largo de la crónica, pero sé que me dejo a gente porque no pude ver a todo el mundo: Elenita, Osketar (ya me pierdo las veces que te vi en el recorrido), Elsa, Sergi, Escori, Marta, Sarita, todos y cada uno de mis azulillos, Jorge Gómez… Sois muy grandes y me llevasteis en volandas. Gracias Ana por el madrugón que te pegaste y por captar esos momentos, y a Carolina, la mujer de Eduardo. También a Ana Urrea, que siempre está acompañándonos en estos eventos.

Le doy la enhorabuena a todos aquellos que se enfrentaron a la distancia de Filípides, independientemente del resultado, el sólo hecho de ponerse en la línea de salida tiene mucho mérito: Silvi, campeona, pudiste y lo conseguiste, has demostrado que querer es poder, y a pesar de tus nervios, lo lograste, que esa sonrisa te acompañe siempre, das un buen rollo increíble; Javi y Curro, un dúo majo majo que hicieron la carrera mano a mano; Jesús y Fru, también lo conseguisteis; Mariano en su debut; Ibán, maño, lo bordaste; Santi, enhorabuena; Pedro, lo mismo te digo; Carlos, otro compañero de entrenamiento; Héctor y Edu, tiempazo el vuestro, y Álvaro, gracias por esos primeros km, pero al final pude librar la batalla; mis azulillos, Marcos, Gorka, Jordi, iban a la marcheta, jejeje, y todos los demás azulillos, Tricas, Sergio, Juanito, Jorge, vaya narices le echaste, pudiste al final… pero con cabeza; a Alberto, enhorabuena por ese pedazo de bocado al crono, casi casi te marcaste un “Vanesa”, jajajajaja; Jessi, un debut impresionante, qué fuerte estás guapetona; Daniel Ridao, que iba acompañando a su chica Beatriz en su debut; Iván, con el tobillo “flojo”, al final cuarto. La teoría del origen extraterrestre se confirma, jejejeje.

Gracias a mi padre por estar siempre al pie del cañón. Porque está ahí, pase lo que pase, y porque le debo tanto que nunca terminaré de agradecérselo. Que me ha guiado en mi vida y ha hecho que sea la persona que soy ahora.

Gracias Iván por tu fe en mí. Me has hecho más fuerte y sacar la rasmia que albergaba en mi interior y que ni yo misma sabía que tenía, lo he dicho muchas veces. Sé que crees que podría haber ido a por el 3:30, pero la verdad que no ha cedido ni un ápice las ganas de seguir superándome a mí misma, sin perder la perspectiva de que lo mejor no es el objetivo en sí, sino el camino recorrido para alcanzarlo. Gracias a ti y al grupo de pupilos he intentado dar lo mejor de mí. Y ganas no me faltan de ir a por el 3:30. Y otros tantos retos que irán surgiendo, y que siempre afrontaré con la mejor de las sonrisas y la mayor de mis ilusiones. Y la ultra, que no se me olvide la ultra.

En el título de la crónica hablo de cerrar un ciclo. La verdad que este año ha sido todo un ciclo. Ha habido de todo, he tenido momentos buenísimos y malísimos, momentos únicos e irrepetibles que siempre recordaré y otros tantos que prefiero olvidar; momentos que me hacen reír, momentos que me hacen llorar y hasta momentos que me hacen ponerme roja; momentos en los que me he sentido la mujer más afortunada y otras tantos en los que me he sentido desgraciada; momentos pódium que en 36 años de existencia jamás hubiera imaginado protagonizar, y momentos de los más variopinto; todos ellos momentos que me han hecho más fuerte y más segura de mi misma. Que me han ayudado a crecer, a conocerme a mí misma, e incluso a mejorar como persona o al menos intentarlo. He conocido a mucha gente en el camino, muchas de esas personas son ahora buenas amigas y espero que sea algo que perdure en el tiempo. Otras tantas no merecen la pena, y probablemente ni lean estas líneas, ni falta que hace. Pilar, me has hecho reír en mis horas más bajas, te estaré eternamente agradecida, tu pequeño Alvarete ha sido capaz de iluminarme el día más gris con sus dibujos retratándome los domingos (“¡en el arenero hace calor!”), y tenemos pendiente una carrerica las dos mano a mano… ¡¡conjuntadas!!; Elsa, rubia, ha sido un honor poder conocerte un poquito más, eres muy grande y muy buena tía, no rebles jamás, tienes un corazón que no te cabe en el pecho; Jorge pequeñín, siempre tan sabio, qué te voy a decir… y esos chillidos en las series, cómo me hacían correr como una descosida; Jorge el heavy, gran amigo, mi primer amigo en estos lares y un cacho pan como la copa de un pino; Adela, una campeona que dice cosas que da gusto leer y que es capaz de ver el interior de las personas, se nota lo buena persona que es; todos y cada uno de mis azulillos, más majos que el copón, que me tratan como a una reina... Habéis contribuido en este cambio… y más personas que he tenido el placer de poder conocer y que me han sorprendido gratamente, así como tantas personas con las que ya contaba en mi existencia.

Iván, mentalmente estoy intentando hacer cuentas, desde que me animaste a bajar al parque creo que han pasado como 10 pódiums (a mis niveles), pero en el fondo, es lo de menos (aunque mole mucho): la fortaleza, las ganas de superarme a mí misma, son lo que me llevo por delante. Creo que ni yo misma sabía la metamorfosis que iba a experimentar, pero vaya por delante (como diría Jordi) que me alegro, y mucho.

Y me siento muy afortunada. Los problemas son relativos, en esta vida pocas cosas no tienen remedio, y tengo ganas de exprimir la vida, porque la vida es un regalo, aunque muchas veces sea agridulce… merece la pena. No ha sido un camino fácil ni sencillo, porque ha sido un año algo intenso a todos los niveles, muy intenso a nivel de entrenamientos pero sobre todo en el plano emocional, que me ha puesto a prueba pero del que he salido fortalecida. A día de hoy, puedo afirmar que soy feliz, por supuesto hay días mejores y peores, que no todo va a ser pluscuamperfecto, pero que hago cosas que me hacen feliz, y que valoro lo bueno que me da la vida. Soy afortunada de poder hacer aficiones que me llenen, de poder correr, de poder viajar y explorar mundo, de poder tener un trabajo de lo mío aunque no sea el entorno más agradable, pero sobre todo y ante todo, de tener la familia que tengo (sé que no siempre he sido aguantable, y os pido perdón, y sé que no siempre me abro, y os digo que os quiero infinito), y de tener los amigos que tengo de verdad. A lo mejor no son muchos, pero los que tengo valen, y mucho.

Parece una moñada sacada de un panfleto, pero es verdad. Exprimid la vida, sacadle el jugo porque merece la pena. Vivid vuestros sueños, y haced las cosas con ilusión; invertid en personas que os sumen y no que os resten. Yo seguiré siendo como soy, cariñosa y “queredora”, aunque por ello se me pueda tachar de gilipollas. Con mis bromas, mis coñas, mis carcajadas a mandíbula batiente y todas las chorradas que me caracterizan, pero con mi misma franqueza, y con mi mismo fondo, que de malicia tiene poco, y el que me conoce, lo sabe. Así soy yo, soy Vanesita, y es difícil cambiarme, aunque sí que me haya fortalecido en el camino.

Perdonad el tocho, pero necesitaba sacarlo de dentro. Si he contribuido mínimamente a que decidáis vivir la vida intensamente, si os he entretenido un poco, o incluso si os han dado ganas de vivir vuestros sueños, sea el que sea… me doy por satisfecha. Adela me puso una vez en mi muro que “la vida no se mide por los momentos que respiras, sino por aquellos que te dejan sin aliento”. Y tiene toda la razón. Sonreíd, porque la vida vuela.

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