CANFRANC-CANFRANC 75 km, BRUTAL

la_hansen
Carreras de montaña
21/09/2020

Allá por enero, brindaba por un año mucho mejor que el 2019, un año de carreras, un año en el que me proponía terminar mi tesis, y en definitiva, un año más dulce que el precedente. Los objetivos los tenía claros: quitarme la espina de repetir Aneto-Posets, la ultra de Guara Somontano, que me la conozco ya bastante, y ente medias, la Canfranc-Canfranc de 75; después de abrir el melón con la maratón en 2019, me apetecía dar una vuelta de tuerca, pero sin irme de la perola, que los 100km de Canfranc son los más largos del mundo. El tema de Aneto-Postes y Guara era por conseguir suficientes puntos ITRA para apuntarme de aquí a dos años al sorteo de la Ultra de Montblanc. Luego resultó que GTTAP se descolgaba de las puntuaciones, así que me olvidé de Montblanc, y me centré en las carreras cercanas que me apetecían.

Luego la historia ya la sabéis: un chino se comió un murciélago, y el virus que parecía coña en enero se fue extendiendo como la pólvora, marzo nos trajo un estado de alarma y un confinamiento estricto, y cifras de fallecidos que daban escalofríos. Las noticias desde entonces han orbitado en torno a lo mismo, aunque marzo fue el más terrorífico. Las carreras fueron cayendo como un castillo de naipes (Aneto-Posets, Guara Somontano…), y tras la incredulidad del principio, tocó asumir la realidad. Al final, todo era relativo, en mi caso afortunadamente sólo eran planes pospuestos, no he tenido nada más que lamentar (y que siga así). Dada la situación, me centré en la tesis más que nunca, y correr me daba más bien igual. Lo que no quita que el primer día que pude salir, pasara más nervios que en algunas carreras.

Sin embargo, una carrera resistía cual aldea de galos en el imperio romano, la Canfranc-Canfranc. Seguía adelante, a pesar de que día tras día se anunciaban cancelaciones de unas y otras. Yo pensaba para mis adentros que tarde o temprano se vería abocada a cancelar, así que no lo tenía muy en cuenta, y seguía con mis no-entrenos, tomándomelo a chufa. Ay, ilusa de mí.

En agosto finalmente se dio opción a, o bien mantener la inscripción de este año, o trasladarla a 2021. Además se anunciaban una serie de medidas, un protocolo covid (gel, mascarillas, salidas escalonadas, meta sin gente) para cumplir con los requisitos. Dadas las circunstancias, y de que vete a saber qué nueva putada nos deparaba el 2021 (sin haber acabado la presente), decidí intentarlo este año. From lost to the river, iría a la marcha y que saliera el sol por Antequera. El tema del coronavirus ahí estaba, pero como había estado trabajando con los residuos desde el principio del confinamiento (había seguido yendo al laboratorio), yo había cosas que las llevaba muy interiorizadas en cuanto a protocolos de seguridad y limpieza.

A la vuelta de vacaciones, me quedaban dos semanas para la carrera. No tenía mucho sentido hacer grandes entrenos, así que me dediqué a aprovechar los últimos coletazos de la piscina de la comunidad, mientras interiormente seguía pensando que quizá la cancelaban. A una semana vista, nos empezaron a mandar los dorsales a casa (como parte del protocolo covid), y ya ahí reservé una habitación en Jaca, ya que Canfranc estaba bastante completo, y no tenía ganas de compartir habitación (ya no por el coronavirus, es que quería descansar). Los últimos días hice más bien briefings emocionales con Ana, mientras el nerviosismo iba in crescendo por pensamientos de última hora. ¿Y si me sube la fiebre? ¿Y si no llego a la salida? ¿Y si caen chuzos de punta? ¿Y si el coche me deja tirada? Iba a ir con el coche de mi padre, el mío, que no levanta cabeza, está en el taller…

El viernes 11 enfilaba hacia Canfranc Estación para dejar la bolsa de vida y las dos bolsas zip con comida extra por si las moscas. Me encontré con Clara, que corría la misma que yo, así como Isa y otros chicos de Trail Running Zaragoza. Clara estaba fina filipina, hacía mucho tiempo que no la veía. La vi genial, pero había tenido una caída y andaba jodida de las costillas. Pero oye, que a intentarlo.

Me marché lo antes posible a Jaca. La habitación estaba bastante bien. Me duché, cené y procuré dormirme lo antes posible. A las 4 sonaba el despertador, me vestí y me fui a Canfranc, el sitio estaba ya petado de coches. Aquí apliqué la primera lección que aprendí tras el Aneto Posets del 2019: si dan bueno, es que vas a pasar calor, y es mejor una térmica ligera y unas mallas cortas, aunque refresque al principio. Laura Pozo (corría la de 75 por relevos) y otros velveteros me llevaron a la salida en coche, salía a las 5.33. La verdad es que nos habían indicado que no debíamos llegar con excesiva antelación, pero yo casi apuré demasiado. Tras control de temperatura y mascarilla, me situé en la salida junto a tres corredores, nos dieron la salida, y a correr.

Esta parte era conocida. En lugar de por la carretera, nos llevaron por un camino lateral hasta enganchar con el camino del carretón, ascendiendo fuertemente, hasta llegar a un camino descubierto que enfilaba a La Moleta (2.572 m). Alcancé cumbre unas dos horas después de la salida, ya estaba amaneciendo y la temperatura era fantástica. Paul (alegría de verlo) y Ramón Ferrer nos hacían fotos en la cumbre. Sin mucha dilación, enganché la bajada hacia Ibón de Iserías y posterior punto de control en la Cascada de las Negras, mientras los corredores de la maratón, que habían salido hora y media después de nosotros, me alcanzaban a toda pastilla y zumbaban a mi alrededor en la zona de zetas. Clara me había sobrepasado, y me dijo que las costillas le estaban dando la lata.

 

En La Moleta, foto cortesía de Ramón Ferrer.

(En lo alto de la Moleta, foto cortesía de Ramón Ferrer)

A partir de este punto, cruce de carreras y desvío de la maratón, me adentraba en terreno desconocido. Paré un rato en el avituallamiento, donde aproveché para mandarle un audio a mi madre, que era su cumpleaños. Así es, mi madre de cumpleaños y yo por el monte: cuando me apunté a la carrera, no me fijé en qué día caía… También era el cumple del heavy, cosa que se me fue de la perola completamente. Bebí Coca cola, me comí un huesito, algo más de comida y rellené los botellines. Llevaba un tercer botellín que también rellené, que es la segunda lección que aprendí tras el GTTAP: no hay que escatimar en agua, y no debe de faltar bajo ningún concepto. Si no meas, es que no estás bebiendo la suficiente cantidad de agua. Y tienes que comer. Aquí vi a Laura Pozo, estaba pocha y abandonaba.

Esa zona me pareció preciosa, el valle de Izas. Saqué los bastones que no había sacado hasta el momento. Comenzamos a ascender por una pradera, y tras una serie de llaneos, empecé a subir hacia el pico Porrón, donde se ubicaba otro de los controles. Había algo de cresteo, y el camino, que se ampliaba después, invitaba a correr. Después de esto, llegamos a una de las modificaciones del recorrido, y era una fuerte subida en un terreno algo descompuesto, ya que no habían logrado el permiso para atravesar las pistas. Se me hizo algo interminable, me alcanzó la primera mujer de la ultra, y ya arriba (un voluntario me dijo que si me quería sentar, pero si me sentaba, no me levantaba), comenzamos a bajar fuertemente. Me había pulido el agua de los dos botellines, y eché mano del tercero. Por fin alcancé el avituallamiento de Formigal, donde nos habían dispuesto una serie de mesas para que pudiéramos tener cierta distancia. Comí pasta, e informé a la familia y Raúl de por dónde iba. Aquí aplique la tercera lección del Aneto Posets: me revisé los pies, porque los dedos pequeños me empezaban a molestar, y me puse compeed (llevaba kit de agujas y tiritas) para evitar en la medida de lo posible las ampollas. La piel en uno de ellos ya se había levantado un poco.

Al rato dejé el avituallamiento, tocaba subir hacia el vértice de Anayet (2.559 m). Era mediodía, y hacía más calor. Alguna nube nos daba tregua. Le pedí a un corredor si me podía sacar la batería externa, y mientras miraba flipado el color rosa de la misma, me preguntó:

-Oye, ¿y por qué llevas la cinta y la camiseta del mismo color?

-Es que corro conjuntada.

Y entonces el colega le decía al otro: “¿Ves? Si es que vas sin conjuntar, cada cosa de un color diferente…”

Esta subida fue la más concurrida de senderistas, que me abrían paso mientras me daban palabras de ánimos. El problema no era la subida en sí, sino cómo achuchaba Lorenzo. A las 3 de la tarde alcanzaba el vértice, pasaba el control, e iniciaba el descenso al siguiente avituallamiento. Este camino no revestía demasiada dificultad. Lo mejor de este tramo fue sin duda, oír mi nombre. ¡Ahí estaba! Era Silvia Duerto, había venido a animar y a ver a su marido (que hacía la ultra), pero todavía no había pasado. Me hizo unas cuantas foticos, fue un chute de emoción verla. Yo me encontraba cansada, lo normal después de lo que llevábamos, pero estaba bastante íntegra, que no es poco. Tenemos pendiente una bucardada, por cierto.

El siguiente avituallamiento, Campamento de Canal Roya, lo alcancé a las 5 de la tarde. Era nuevamente un avituallamiento completo. Yo llevaba una chuleta con los tiempos estimados de paso del último y las horas de cierre, y hasta ahí, lo estaba llevando bastante bien, con un colchón de varias horas sobre los mismos, lo cual no quitaba que fuera de las rezagadas (lo cual, a su vez, no me preocupaba): había nivel en la carrera, se notaba.

Aquí me alcanzó Fonsi, que hacía la de 100. El recorrido de la misma pasaba por el paso de los Sarrios y subía al pico Collarada, antes de dirigirse a La Moleta y ya ahí seguir el mismo recorrido de la de 75. Me dijo que había pasado mala noche, y que estaba pensando en el abandono. Le animé a seguir (ya faltaba menos). Recuperamos fuerzas, yo comí un sándwich. Al poco vinieron los dos vascos con los que había estado charrando y coincidiendo de manera intermitente toda la carrera. “Mañicaaaa”, me decían cada vez que me veían.

Dejamos el avituallamiento y acompañada de Fonsi y otro chico, enfilamos la subida a Larraca (2.278 m). Marcaba el camino el chico, pero al poco, sentí que podía tirar un poco más, y me puse delante. Aprovecho las resurrecciones como agua de mayo, sé que me vendrán bien esos minutos para posteriores punto del recorrido, luego llega la bajada y tururú. Fui tirando poco a poco hasta llegar a lo alto. Me había guardado una lata de coca cola y me la tomé arriba. Al poco llegaron los vascos, que habían parado en mitad de la subida. En este momento, y a punto de anochecer, guardé las gafas de sol, saqué el frontal y saqué el chubasquero. Tocaba enfrentarse al cresteo previo al avituallamiento de Candanchú (nuevamente, terreno desconocido). Fonsi y el otro chaval tiraron para adelante, y yo salí a la vez que los vascos. Por fin nos preguntamos los nombres: Ángel y Diego.

Recuerdo trozos de esta parte como muy chungos, estrechos y daban un respeto que no veas. Las vistas eran espectaculares, eso sí, con las luces que aún quedaban. Noté fresco en la oreja derecha y me palpé el lóbulo: me faltaba un pendiente. Tócate las narices. Me pasó ese pensamiento de “ponte a buscar el pendiente por donde has pasado”. Y ahí aprendí una nueva lección, que parece mentira a estas alturas que no la supiera: no te pongas cosas susceptibles de perderse. Pendientes no más, santo Tomás.

Empecé a ralentizarme pensando en lo que haría a la vuelta, que si una copia del pendiente, que qué idiota, y los vascos tiraron para adelante. Ahí ya me espabilé un poco y seguí tirando. El cresteo era brutal, con sube y bajas que te dejaban las paticas al Jerez. A ratos sacaba los bastones, a ratos los volvía a guardar para tener las manos libres.

Tras pasar por el repetidor del Águila, y el reenvío del telesilla de la Canal Roya, nuevo control de dorsal, acabé alcanzando a los vascos, recuerdo unas bajadas por piedras en la noche, y ya alcanzamos sobre las 9 y media de la noche el avituallamiento del ibón de Truchas. Me entraba menos la comida, y aun con todo me obligué a tomar algo de caldo para entrar en calor. Pregunté por el dorsal de Clara, por saber si seguía en carrera, pero aparentemente no (estoy plenamente convencida de que si no hubiera estado tocada de las costillas, la acababa con la gorra). Salimos de ahí, corriendo por el trozo de pista que nos lo permitía.

Después de un nuevo cresteo o parecido, alcanzamos un punto de control. El voluntario nos dijo que nos quedaban unos 6 km hasta el avituallamiento y que antes de llegar tendríamos un trozo de pista. Tiramos con ganas, el terreno a veces mejoraba, a veces empeoraba. Los vascos hicieron un alto, que Diego andaba pocho y necesitaba conectar con la naturaleza, y yo seguí, frenética por el césped y esculándome alguna vez. Ya veía la luz abajo, eran las 12 y media de la noche, y me parecía ver luz que asociaba a Candanchú.

Pues no. Alcancé la pista que creí que me llevaba ya al avituallamiento, y entonces el camino siguió bruscamente por un lateral. ¿Me estaba liando? ¿Me había perdido? ¿Enganchaba un bucle infinito de otra carrera? ¿Me había saltado el control? Me rallé cosa mala, con ausencia de referencias y sin nadie a quien preguntar. Estaba sola solísima. Así que tiré para adelante. Cuando me estaba mosqueando hasta límites insospechados, saqué el móvil, en el que estaba registrando el track (el reloj anda gilipollas últimamente), y efectivamente comprobé que aún no había llegado a Candanchú. Las luces eran el Somport (yo no lo sabía).

Por fin alcancé la carretera, donde unos voluntarios me indicaron que NO estaba en el avituallamiento, y es que desde la carretera hasta el avituallamiento aún quedaba 1 km como poco en medio de la nada, que en la maratón hice de día. Os juro que desde que el voluntario nos dijo que quedaban 6 km, me había dado la sensación de haber pasado por toda la Tierra Media como poco. Y por fin a la 1 y media de la mañana, alcancé el avituallamiento.

Oí mi nombre. Era Fonsi, se había retirado. “Tira para adelante”, le dije. Pero me dijo que no podía más con las subidas, y que por cierto era tercera de veteranas. Es lo que tiene ser poquitas…

En el avituallamiento recobré fuerzas, comí algo, y me cambié de calcetines. El olor que emanábamos era brutal, humanidad concentrada en un pequeño habitáculo. Me eché a reír. Con acceso a la mochila de vida, me planteé cambiarme de camiseta, pero la que llevaba se había secado, y no iba mal, así que me quedé como estaba. Poco después llegaron los vascos, pero yo me estaba quedando fría, así que después de informar por última vez a la familia (imaginaba que la peña estaría durmiendo), salí de ahí con el firme propósito de acabar lo que me quedaba, que no era poco. No sabía ni los km que llevaba, aunque en estas carreras mis objetivos son siempre los avituallamientos.

Me adentré en la oscuridad más absoluta para afrontar los 9 km hasta el siguiente avituallamiento. Iba con brío para entrar en calor. Yo sabía del año pasado que se subía hasta un punto que era cruce de carreras. Sin embargo, en medio de la noche, la subida se me antojaba interminable. ¿No me estaría liando? Apagué en frontal unos instantes para disfrutar del cielo estrellado. Me chuté el guaraná que llevaba por si acaso, me notaba soñera. Y seguí. Sube, sube, sirga, piedra, sube, piedra, otra piedra. No me sonaba nada del año pasado, lo que hace la mente… Tras lo que pareció una eternidad, alcancé a un voluntario que me indicó que la señalización de la de 45 la habían quitado para evitar confusiones. Pues menos mal. Tocaba subir el Aspe. Aún.

Yo ya había oído los relatos de terror de Gorka y Óscar en aquella Canfranc del 2016. Una subida interminable, con banderitas reflectantes infinitas. Por alguna extraña razón, se me había metido en la cabeza que la subida tenía hierba. Pues no. De hierba nada, o la justa. En la negrura, sólo veía la piedra de delante, y 5 o 6 banderines. Los alcanzaba, y aparecían otros 6 más. Echaba la vista arriba, y me parecía ver en la lejanía un frontal que se movía. ¿O era una estrella? Qué sé yo. Hablaba sola. Decía que menuda barbaridad. Guardaba y sacaba los bastones. La subida picaba cosa mala y no parecía terminar. Un giro en una piedra, seguro que es buena señal. Pues no. Seguía, y seguía… Y de repente, a eso de las 5 y algo de la mañana, una luz. Un voluntario, un ángel en medio de la oscuridad, literalmente. Era Ángel Iglesias, de los Beer Runners. “Vanesa, tú por aquí…”, “Anda, dime que esto es el Aspe”. Qué va a ser el Aspe, me señala hacia arriba y me dice “Aún tienes 10 minutos, subes y bajas por el mismo sitio y ya luego bajas por el tubo”.

Esta vez, fueron 10 minutos literales. El viento me soplaba en las orejas, se me caía el moco cosa mala y los morros los llevaba destrozados. Llegué arriba sobre las 5 y media de la mañana (el cierre teórico era a las 8), avisé a los voluntarios, a resguardo de una tienda de campaña, y bajé cagando leches. Yo le tenía ganas al Aspe y a hacerme una foto con la caseta de la cúspide, pero a esas horas, ni caseta ni caseto, ya volvería de día, ya…

Alcancé otra vez a Ángel, y cuando me dijo por dónde tenía que bajar, aluciné pepinillos. Me iba a esmorrar, así que eché el culo al suelo, y me fui arrastrando hasta que me pude poner en pie. Esta bajada fue interminable. Peor que la subida, dónde va a parar.

Poco a poco fue amaneciendo. Yo estaba en modo piloto automático, bajando por aquel sendero, por llamarlo algo, con lentitud pasmosa. Miraba para atrás, los vascos no aparecían, sólo algún rezagado de la ultra. Llegados a un punto, tuve que trepar por una piedra ayudada de una cuerda. Y tras lo que me pareció interminable, por fin alcancé la motriz de Tuca Blanca. Eran las 8 de la mañana, y mi apetito estaba por los suelos. Aquí el colchón de tiempo se había reducido a una hora. Me arreé media lata de coca cola, la enésima de las últimas 24 horas.

El sol empezó a calentar y guardé el chubasquero, el frontal y los guantes, y saqué las gafas de sol. Tocaba la subida al collado de Estiviellas (2.049 m). Le puse la rasmia que pude, y alcancé el control de cima a las 9 y media de la mañana, donde estaba Joey de Corredores del Ebro. Tocaba la parte de bajada interminable, todo zetas hasta meta. Hasta hace nada, se me escurría el moco, y ahora un calor tremendo.

Si te quedan piernas, puedes correr. En mi caso, el agotamiento era notorio, así que me dediqué a caminar a paso ligero, que tiempo había. Una zeta, otra zeta. Un calor que te torras. Otra zeta, Y otra. Una hora. Un corredor. No eran los vascos, no iban a llegar y me estaba temiendo lo peor. Alcancé el bosque, y un chavalín me preguntó si era Vanesa. Otra zeta, 100 o no sé cuántas. Pensé que era un voluntario, y me dijo que era hijo de Quique Toledo, de mi club. Un poco más adelante, estaban Óscar y Quique animando, se habían acercado a meta, y ahí estaban. La alegría fue mayúscula. Hice como que corría, las patas dolían pero la gloria estaba cerca. Quique me decía “Madre mía Hansen, el día que entrenes…”

Un gabacho (que había sobrepasado en Candanchú) me adelantó al final. Lo mismo me da que me da lo mismo. Eché a correr los 300 metros que me separaban de meta, y por fin crucé el arco. Una meta desangelada y triste, sin un alma (protocolo covid) pero que gracias a mis compañeros de club, fue un poquito mejor.

Me encasqueté la mascarilla y los voluntarios me dieron una bolsa con comida. No atinaba ni a hablar. Salí del recinto, y me reencontré con mis compañeros. Mi idea era cambiarme (no había duchas, protocolo covid, me cago en el covid), descansar en el coche en un área de servicio e ir a casa (en esos momentos, estaba despejada). La perspectiva era horrorosa, y me dijo Óscar de ducharme en su casa. Se fueron a ver a Gorka, que había corrido la de 16. Yo, cual Chiquito de la Calzada, no tuve piteras a ir, y me marché para recoger mis zarrios, léase mochila de vida. Vi a Isa y resto de gente de Trail running Zaragoza; Isa se había marcado un tiempazo de 19 horas, me dio la enhorabuena por terminar. En circunstancias normales, como tercera de veteranas, hubiera compartido podio con Silvia Trigueros (brutal ganadora) y con Isa, pero en tiempos de covid, no había ceremonia.

Me encontré con Fonsi, me encontré con amigos a los que hacía tiempo que no veía (Moisés, Borja…), y me fui para el coche. Menos mal que Moi me ayudó con las bolsas, me pesaban como una tonelada. A Fonsi le dije lo mismo que en Candanchú: si había decidido no seguir, él mejor que nadie sabía cómo se encontraba en ese momento. Yo lo vi claro el año pasado en el Aneto-Posets, y a toro pasado (y recuperado) uno se arrepiente un poco, pero la decisión se toma por algo. Pero todo lo que él había recorrido, ahí estaba...

La ducha fue un momento glorioso, después de la costra de tierra y sudor que me cubría. Los pies no estaban mal del todo, aunque las rozaduras de los dedos pequeños habían ido a más. Pero balance positivo y minipunto para las Salewa que (contra todo lo aconsejado) había estrenado en carrera. Me las había comprado en diciembre, pero con todo lo que había pasado, no las pude estrenar antes. Me quedé algo flipada después de la ducha, y acabé comiendo en Jaca antes de irme. Que menos mal, porque me vino bien para volver a casa bastante más despejada. Comprobé en internet que los vascos habían apurado, pero que lo lograron, olé.

Ya en casa, tocó poner lavadoras y descansar. Las patas estaban como estaban, pero lo peor era la espalda, en la zona de los omóplatos, lo llevaba bastante cargado de los bastones. Me dormí cual ceporro viendo la película de los domingos noche, y luego en la cama tenía los ojos como platos, mientras seguía soñando que subía (y bajaba) el Aspe.

Cómo echaba de menos esa sensación de estrujarme, de salir de la zona de confort. Esos altibajos en carrera, esas micromuertes y posteriores resurrecciones. Después de un 2019 agridulce y un 2020 atípico, necesitaba un revulsivo, un volver a aquello que tanto me hacía disfrutar, esas carreras de larga distancia que suponen un viaje tanto interior como exterior. Echaba mucho de menos esas sensaciones. Decía Ramón Ferrer en su crónica que faltaban muchas cosas, como abrazos, besos, una meta concurrida, pero era un comienzo, y la organización se lo había currado a base de bien.

Doy las gracias a todos aquellos amigos y conocidos que me siguieron y animaron a la largo de toda la carrera, a la gente de mi club, que no dejaron de animar por el WhatsApp, a Raúl y a mis padres, que a pesar de los temores lógicos ante semejante barbaridad, me apoyaron en todo momento, no somos conscientes de la gente que queda atrás, preocupada. A Ana por esos briefing previos emocionales, en el último yo no tenía ganas de correr (¿?) y dimos un simple paseo, con nervios en aumento. A Quique y Óscar por la sorpresa mayúscula de meta, y a Óscar por abrirme las puertas de su casa. MIL GRACIAS. Y por supuesto, a la organización por el esfuerzo titánico de sacar adelante una prueba en unos tiempos cuanto menos complejos, y a todos y cada uno de los voluntarios por ser auténticos ángeles en todo el recorrido. Todos fueron amables y nos trataron fenomenal, y si bien es cierto que el tema de la comida era complejo (la fruta cortada pierde la frescura conforme pasan las horas), por mi parte tuve suficiente, ya que además no suelo escatimar en la comida que llevo encima.

Dicen que Canfranc no se corre, se vive, y sin duda alguna había vivido, de nuevo, una de las experiencias más brutales en carrera, a la altura del Aneto Posets de hace un par de años. No me quería ni imaginar lo que puede suponer la ultra de 100 km. Una carrera brutal que daba poca tregua, y sin embargo espectacular, con paisajes que te cortan la respiración en todos los sentidos. Una carrera en la que tocó tirar de memoria RAM, de experiencias previas en carrera, porque lo que son entrenos… Elegí mal día para estrenarme en la ultra “pequeña”… Pero la experiencia es un grado, y aunque disto mucho de ser tan experimentada como mis compañeros de club, las carreras pasadas ahí estaban…

Y como les decía a los de mi club… No vuelvo en mi vida… De momento.

Son tiempos extraños, de futuro incierto. Pero toca vivir, tirar para adelante, tener cuidado, pero no dejar de vivir. Y aunque el temor y el terror forman parte de las noticias, poco a poco confío en que la normalidad, la buena, la de verdad, la de antes, se vaya abriendo paso.

Cuidaos muchísimo, y seguid soñando, que merece la pena. Yo os juro que hoy soy un poquito más feliz, y así vamos avanzando, día a día.

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